“Dadles vosotros de comer” (Mt 14,16)

Estos días son más y más los rostros que van llegando a nuestro centro de acogida buscando un almuerzo, compartiendo algo del peso que llevan en sus mochilas, sus almas, sus vidas. El viaje, las largas caminatas, el miedo, el frío, la familia que quedó atrás, los desencuentros por el camino con los amigos de lo ajeno, la violencia sexual, el hambre, el cansancio, la incertidumbre del futuro, el sufrimiento de los hijos que cargan de la mano, la enfermedad… todo un viacrucis que necesita ser escuchado y acompañado humana y espiritualmente.
La imagen puede contener: una o varias personas y personas sentadas
En espacios de diálogo, reflexión y formación con instituciones públicas, sociales e incluso religiosas compartimos brevemente algo de lo que vivimos día a día, para que cada vez sean más las manos que se abran a los hermanos necesitados. Intentamos hacerlo con la paz que nos transmite el mirar cada día a los ojos a decenas de Cristos encarnados, con la serenidad de estar al lado de quienes son ignorados por la gran mayoría, con la fortaleza de sentirnos con ellos una gran familia más allá de credos o nacionalidades y la alegría de sus abrazos de agradecimiento por cada uno de los pequeños detalles con que les podemos aportar.
No obstante nos llama la atención como en algunos espacios encontramos personas a las que parece molestar que se ayude a los pobres o más concretamente a los inmigrantes y erigen argumentos tales como que “también hay muchos ecuatorianos pasándolo mal”. Es curioso, que algunas de estas personas, además sean creyentes y hagan ese tipo de discriminación entre seres humanos por su nacionalidad. Precisamente los ecuatorianos son los beneficiarios de la mayoría de los programas públicos de lucha contra la pobreza, así como de las pequeñas ayudas de la mayoría de nuestros equipos de Cáritas. ¡Quién tenga ojos que vea!
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Si estuviésemos abiertos a los signos de los tiempos y viéramos la desigualdad social, nos
preguntaríamos: ¿Quiénes son las decenas de personas que duermen cada día en la playa, el terminal, parques o soportales de nuestra ciudad? ¿Dónde están los familiares que puedan apoyarles? ¿Dónde esos extraordinarios trabajos que dicen quitar a los ecuatorianos?… ¿No será que “San dólar” tiene tan engreído y acomodado nuestro corazón que su presencia nos cuestiona y molesta?
Es curioso como las personas sencillas nos dan ejemplo de acogida y aunque tengan que apretarse intentan abrir sus hogares y sus vidas al que llega. Es impresionante como se sirven un poco menos para que avance la comida para todos, como son felices a pesar de no tener carro, televisión de plasma, colchones decentes, frigorífico, lavadora…
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Quizás sería bueno que en nuestro cuarto, en silencio, nos miráramos al espejo y nos preguntemos:
¿Qué comparto? ¿Qué puedo compartir? ¿Cómo me parto yo? ¿Qué doy de mi? ¿Soy generoso? ¿Qué es ser generoso? ¿Hasta dónde abro mi vida al necesitado? ¿Cuánto me molesta ver la pobreza o que los pobres me pidan? ¿Qué estoy haciendo por promover a los que sufren la pobreza?
Cuando hace unos años nos pidieron poner en marcha un programa de atención a las personas sin hogar, que duermen en las calles, la manera de que nos aceptaran y ganar su confianza fue pasar muchas malas noches con ellos en la calle. Es desde ahí, desde conocer y compartir una realidad, desde donde se puede opinar sin riesgo de ser muy osados. Pues bien sabemos que la ignorancia es osada.
El objetivo de toda sociedad debe ser el bien común. Esto implica que quienes tienen mayor cargo o mayor capacidad, quienes tienen más posibilidades económicas, quienes pueden influir en la opinión de otros…; así mismo adquieren una mayor obligación en la búsqueda del bien común, pues los talentos que hemos recibido, humanos y económicos, no son para engrandecernos, ni amontonarlos en cuentas bancarias; sino para ponerlos al servicio de los demás, para devolver el doble de lo recibido. Estos días celebramos la fiesta del Corpus Cristhi. Aprendamos a partir también nuestras vidas como Él.
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