Con Cristo, en la frontera

Monseñor Santiago AgrelosHoy transcirbimos parte de la carta de monseñor Francisco Santiago Agrelo, obispo de Tánger, no tiene desperdicio:
“A esta Iglesia la hizo de frontera la Historia, y lo natural hubiera sido que, en nuestra vida de creyentes, esa frontera significase sólo un límite reconocido entre dos Estados.
Pero injusticia, violencia y explotación han llenado de empobrecidos los caminos del mundo, y muchas fronteras se han transformado en límite impuesto por los poderosos a derechos que son de todos.. El egoísmo, ha transformado nuestras fronteras en vallas con cuchillas, en barreras infranqueables para los empobrecidos de la tierra, en escenario para una trama de privaciones, enfermedades, heridas y mutilaciones; en cementerio de vidas jóvenes y de esperanzas legítimas. A los creyentes, esa perversión deshumanizada de la frontera nos obliga a situarnos en ella para FOTO 2estar al lado de sus víctimas. Y la gracia de Dios, la fuerza de su Espíritu, nos unge para que asumamos, como testigos de una humanidad nueva, nuestras responsabilidades con los pobres y con el evangelio. La perversión de estas fronteras no es episódica, como no lo son la injusticia, la violencia, la explotación y la prepotencia que las han transformado en espacios de muerte. Nuestras fronteras son cementerios que nunca se cierran; sólo ignoramos cuál será el próximo nombre o el próximo número que se ha de escribir en su lista de muertos. Dentro de esa estructura, se producen brechas informativas, o porque los muertos no se pueden ocultar, o porque algunas imágenes escapan al control del poder establecido. Hace unas semanas, se produjo en la frontera de Melilla una de esas brechas por las que se asomó a nuestra conciencia un episodio en la vida de un hombre, sólo unos minutos de su tiempo: agentes de la guardia civil agreden en territorio español a un emigrante que está bajando de la valla, a golpes lo dejan inconsciente, y en ese estado, sin FOTO 1.Basta de muertes en la fronteratomar ningún tipo de precaución sanitaria, lo mueven y por un paso abierto en la valla lo devuelven a territorio marroquí. La evidencia del daño causado, de la violencia gratuita, del trato humillante, exige que exprese, como obispo, la solidaridad de esta Iglesia con ese hombre –con todos los emigrantes- y nuestra comunión con él, y hace urgente que esta Iglesia reconozca públicamente a esos emigrantes –bautizados o no- como hijos suyos, y que a toda persona de buena voluntad, también a las autoridades de los pueblos y a las fuerzas del orden, pida para ellos en justicia lo que se les debe, y por solidaridad lo que necesitan…. En esta realidad de la frontera que hemos podido conocer, hay un aspecto que considero necesario señalar por significativo e inquietante. Un hombre bajaba por la valla de la frontera, y cayó en manos de unos vigilantes, que lo molieron a palos hasta dejarlo medio muerto. Ellos, los vigilantes de la frontera, fueron los primeros en verlo desvanecido, pero no lo atendieron, simplemente se desentendieron de él y lo echaron al otro lado de la frontera. Mientras se lo llevaban, a su lado pasó un vehículo médico, que no se FOTO3. INMIGRANTES RESCATADOSdetuvo; lo mismo hizo una ambulancia; y de largo pasaron también unos ciudadanos que hacían su caminata contra el colesterol y los kilos. Es como si en ese jirón de realidad fronteriza, la parábola del buen samaritano se hubiese quedado sin el personaje principal, sin el samaritano compasivo. Esa ausencia es sobrecogedora. Se nos ha permitido ver una parábola de la indiferencia globalizada. ¿Será una parábola de la realidad en que vivimos? A los cristianos demasiadas veces se nos encuentra cerca del poder y lejos de los pobres. Ni siquiera nos damos cuenta de que, por ese camino, nos excluimos de Jesús, nos quedamos lejos de su evangelio. En Jesús de Nazaret, Dios se nos ha revelado sin fronteras. Sólo sueña que la casa se le llene de hijos…. Iglesia sin fronteras, Iglesia madre de todos, que a todos se ofrece espaciosa y abierta como el corazón de Dios.”

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